-De modo que…eres una especie de “agente infiltrado” ¿no?-Le pregunté en un parque cercano, cerca de las dos de la tarde. No hacía novillos muchas veces, pero Will me inquietaba mucho, por lo que decidí irme de aquel sitio para hablar con aquella especie de… ¿duende? Si, duende sería lo más acertado para aquel chico.
-Algo así. Soy…bueno. Algo que sabrás más adelante. Vine por lo de tu madre…tu madre…-no se atrevía a decir que era maltratada, que aquel que le había jurado amor eterno la trataba como a un montón de mierda cada vez que su jefe le daba una mala noticia en su empresa. Y lo peor de todo no era las malas noticias, es que mi padre era un tipo que repudiaba el alcohol. Lo justo para celebrar los cumpleaños o el año nuevo con champán.
Aquel hijo de perra lo hacía bien consciente.
-Si…ya, Will. Ya me he enterado.
Suspiró.
-Sé que es horrible, Lena…pero por ello estoy aquí. Para protegeros.
¿Protegernos? Perfecto.
Me levanté del banco de madera y tomé su mano enguantada.
-Vamos a la comisaría, ¿no?
-No, Lena.-Se levantó y me paró con una mano sobre mi hombro.
-¿Cómo? ¿De qué puñetera forma pretendes protegernos que no sea ir a la comisaría y pararle los pies a ese…ese…?
Se dio la vuelta y me tomó de los dos hombros. Yo seguía llorando, tan impotente…conocía a alguien que decidía echarme una mano y…
-Hay otro modo. De momento, llévame a conocer a Eva.
Eva Weastley nació el 30 de Marzo de 1967. En Sheffield. Inglaterra. Ralph y Eva eran los que recibían en los bailes de fin de trimestre el premio “Pareja del curso”. Aquellos que pasaban el tiempo muerto entre profesor y profesor sin separar sus caras más de diez centímetros.
Se fueron de luna de miel al mejor hotel del Caribe y nací yo. Casi como un sortilegio, ¡Pum! Fue venir al mundo y mis padres comenzaron a discutir. No me achaco la culpa, se que yo no la tuve. Pero cuando yo tenía quince años las broncas fueron a más…y a los diecisiete mi madre había justificado varias costillas rotas por caídas por escaleras, imprudencias al volante…
Yo por supuesto esas cosas no me las creía. Vivíamos en un piso bastante elegante. Un dúplex con muchas comodidades. Entonces, desde el piso más alto escuchaba los golpes…como en el relato, ¿recuerdas? Por eso salí corriendo del salón de actos. Porque me había dado cuenta de que, aun escudándome en un chico alemán común y corriente, solo se diferenciaba de mí en el sexo, la nacionalidad y el nombre.
Will y yo llegamos a la casa. Como ya he dicho era un lugar de lujo mediano, dos plantas y piscina comunitaria y jardín. Mi madre, Eva, estaba sentada en su sillón de color blanco leyendo un best-seller sueco, un tal Larsson…
-¡Hola mamá!-La saludé. Mi madre sonrió. Tenía el labio partido.
-Hola Lena-respondió. Luego miró a Will y se levantó.-Tú…tú eres la Ayuda, ¿no?
Para mi sorpresa, Will asintió.
-Ya no podéis hacer nada.-Dijo funesta pidiendo que nos sentáramos en el sofá.- Lena, te dije que no denunciaras. ¿Sabes por qué?
-Porque puede buscarme, encontrarme y…-Recité como quien se aprende un párrafo para un examen.
-Exacto.-Atajó- Y…tu idea no me parece buena, Will.- ¿Acaso se conocían? Mi desconcierto estaba ya por las nubes…
-¿De qué conoces a Will, mamá?
-No tardarás en saberlo. Solo quedan-miró el reloj-cinco horas…
-¿Para qué?
-Para que él vuelva-en su voz noté miedo. Mucho miedo. Y derrota. Nunca pensé que aquellas cinco horas…tenía que sonsacarle a Will muchas cosas. Pero me rugía el estómago.
-¿Qué hay de comer, mamá?
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