Aquel día me levanté de mala leche. Desayuné rápido cereales, sin disfrutar, furioso.
Metí el bol con rabia en el lavaplatos. Me calcé las botas haciéndome daño de lo mucho que las apreté. Y la mochila donde llevaba mi bocadillo y un zumo me pareció el doble de pesada. Fuimos a la salida del pueblo por el norte. Ahí esperaba un bus al que subimos. Me senté en un principio solo, con rabia, sin ganas de que nadie se sentase, pero una vocecita femenina fue la que me obligó a dejar mi asiento libre.
-Oye, lamento molestarte, pero no quedan más asientos.-Contestó con cierto mosqueo (y ahora lo pienso y lo creo razonable). Aparté la mochila y la chica se sentó. Era guapa. Con la cabellera castaña, lisa. Era muy flaca, eso sí. Decía llamarse Eva.
-Yo soy Liam-Contesté de mala gana.
-Encantada.
Nunca conocí a chica más parlanchina. Hablaba por los codos de su amor Tom Kaulitz. Un rasta hiphopero guitarrista en un grupo alemán.
-Su hermano está bien, pero en fin, él está más bueno todavía.-Comentó como si me conociera de toda la vida.
-¿Quieres dejar de hablarme de ese? ¡Me estás cansando! Ella me miró con odio. Con asco. No me volvió a dirigir la palabra en todo el viaje. Cuando llegamos al lugar echamos a andar. Supuse unos ocho kilómetros. Ocho kilómetros que se me antojaron inaguantables. Los “aproveché” para arrancar ramas, pese a ser un paraje protegido. Grabé mi nombre en los chopos, pateé piedras. Descargué mi furia contra madrigueras, hormigueros. Yo iba el último de mi fila. Y ahí nadie miraba.
Hicimos una parada para comer a orillas de un riachuelillo. Saqué mi zumo, mi bocadillo y una chocolatina para tomar energías. Dado que era paraje protegido no debíamos tirar nada. Todo lo envolveríamos en bolsas que guardaríamos en una común. Pero yo pasé de meter mis desperdicios. Los dejé a un lado, pero el aire se los llevó, antes de que nadie pudiera hacer nada, mis desperdicios, mi descuido los había arrojado al río. Mi madre me miró, negó con la cabeza. Otros scouters me fulminaron con la mirada, pero prefirieron que la bronca la echara mi madre.
No dijo nada.
En eso, un muchacho curioso me miró.
-¿Tú no eres el autor de “Luz vespertina”?
-Sí-Contesté-¿Te gustó?
-Nos lo mandaron en el colegio, ¡Es una mierda! Es el peor libro que he leído. Deberías barrer calles...ah, no, que eso también lo haces mal.
-Cállate la boca, niñato. Seguro que no escribes eso ni de lejos.
-Seguro que sí.-Entonces el chico miró a sus amigos.
-¡Si, ese es el que escribió aquel libro tan malo! ¿Recordáis la cursi escenita del beso?
Todos empezaron a reír como locos. Me faltó poco para tratar de matarles. Muy poco.
Seguimos andando.
La caminata duró hasta las siete de la tarde, momento en el que hicimos una parada para merendar algo. Y el niñato aquel volvió a la carga. Emperrado en tocarme las narices.

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