Fue sobre las ocho, hora en que decidimos regresar.
La tristeza de escribir algo con todas tus ganas y encima que te dijeran eso...me tocó hondo. Y transmití mi odio en aquel paraje protegido a un hormiguero sin culpa. Empezaron cientos de hormigas a huir. Seguía siendo el último del grupo. Reí con tristeza y poca cordura. Y aquello me hizo estallar a llorar.
Anduve con la vista borrosa. Debería haberme quedado en casa con mis Muse del alma, D, también. Aquel rock oscuro que me inspiraba. Debería haberme puesto por enésima vez “El pianista”, “La comunidad del anillo”, “Entrevista con el vampiro”. Así hubiera estado inspirado. Con abrir las ventanas me hubiera bastado para respirar aire puro. Pero ahora- bien poco me importaba el paraje, por muy protegido, lo consideraba un puñado de hojas, ramas sin nada más- era muy tarde. Había soportado a una egocéntrica que solo le importaba ella y ese rasta piercinguero. A un grupo de críos doceañeros que se empecinaban en burlarse de una historia más romántica que fantástica. Porque eso era. Era una historia de fantasía romántica.
Pensando en esto, anduve por el bosque sin fijarme si les seguía o no. Aún seguía pateando, arrancando ramas por la furia, pisando madrigueras. Levantando y arrojando piedras sin mirar.
Entonces, de pronto, se hizo de noche. Fue cuando me percaté de que me había perdido. Y le eché las culpas al bosque por su maldita existencia. Por complicarme la vida con sus cartelitos de “cuidado con el fuego”, “no arranques tal cosa”, “no cortes tal otra”. Me importaban un comino- iba a decir algo peor-. Yo solo me veía a mí, quería llegar a casa, enchufarme al equipo de música y cantar varias veces, a grito pelado “Vampire missa”.
Fue en mi cabreo, con mi vista nublada, cuando me di cuenta que estaba muy lejos de los buses. En lugar de ello, estaba en un claro delimitado por coníferas altas e imponentes. En el centro, un membrillo milenario cuyas hojas volaban en todas direcciones.
En su centro, el árbol presentaba como una oquedad. Por allí apareció un hombre. Era anciano. Unos setenta y tres años. Pero era fuerte, alto y presentaba una peculiar y verde barba. Su piel era de un tono blanco verdusco claro y sus ojos, como granos de pimienta, negros cual noche. Aquel mostraba una cara de sumo enfado y en su mano izquierda llevaba lo que me pareció un báculo azul.
Asustado, traté de retroceder, pero los árboles echaron sus ramas de tal forma que me era imposible retroceder.
Y el anciano se acercó a mí.
-Tú. Humano. Turbaste el paraje, nuestro hogar. Has matado varios seres inocentes con una frustración provocada por un ego innecesario. Has contaminado nuestras aguas por capricho, por testarudez. No respetas nuestro hogar. No nos respetas. No respetas, en si misma, a la naturaleza.-La sangre se me heló.
-¿Quiénes sois?
Entonces, el viejo, volvió a hablar.
-Espíritus del bosque que cuidan de este lugar. Y tú, muchacho pálido, has hecho muchos males. Nos has destruido muchas casas de animales indefensos por egoísmo. El alfil blanco ha jugado. Ahora, juegan las negras.
Alzó el báculo y poco más vi.
La austera y verde habitación de un hospital fue lo que vi al despertar. A lo lejos se distinguían los edificios y bloques de pisos que poblaban Valencia. Escuché el pitido de un monitor. A mi lado, una cama vacía y un médico de unos cincuenta y muchos años me vio despertar.
-Liam...bienvenido.
-¿Dónde estoy?-Le pregunté al médico.
-Es el hospital La Fe, hijo. Ha pasado una semana desde que ingresaste. Y no abandonarás ya nunca este hospital.
-¿Por qué?-Pregunté alarmado.
-Se ha detectado una desconocida enfermedad para la que no existe ninguna cura. Parecen surgir de tu corazón ramas, hojas. Probablemente, lo más que te queda de vida...es un mes.
Antes de marcharse, me dijo que mamá vendría pronto a verme. Cansado, cerré los ojos. Vi al anciano del membrillo.
-Jaque mate-Dijo él. Entonces comprendí el motivo por que me dijo “El alfil blanco ha jugado. Ahora juegan las negras”. Mi pelo, mi piel, mis ojos, eran casi pálidos. En el ajedrez, las damas, las blancas jugaban el primer movimiento. Y las blancas habían hecho daño a aquellos espíritus. Ahora, las negras jugaban. Y estas eran los espíritus, la naturaleza...la muerte.
Y me di cuenta de cuan tonto fui. Rompes un plato, bien, puede que haya otros y no se echa de menos. Pero matas un árbol, un animal. Arrojas desperdicios a los ríos...no respetas la naturaleza, ella se venga. Y no suele hacerlo como a mí, con una enfermedad en la que ella pronto tomará mi cuerpo, pero si falta oxígeno, falta el aire que nos da vida. SI faltan árboles, falta agua sana, morimos de sed, de calor, mueren los árboles quemados. La tierra se deshace. Y todos tenemos la culpa. No se puede pedir perdón.
Solo, pensárselo dos veces. Al fin y al cabo, me di cuenta...cualquier momento es bueno para escuchar a Muse.

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