Pero dejémonos de bobadas. Puede que sea mi cumpleaños, pero creo que será mejor hacer otras cosas.
Ben, pues hoy voy a llevarte a la primera de las miles de historias que existen.
Ahora lo sé. Fui un estúpido que se dejó llevar por la ira. Fui alguien con el cerebro del tamaño de un escarabajo, por grande que sea. Un niñato que solo pensaba en el éxito...y que nada imaginaba que acabaría sus días en un hospital. Con solo diecisiete años...qué triste. Os preguntaréis qué pasó.. Primero, me presentaré. Creo que es lo más correcto.
Mi nombre es Liam. Soy un chico que pasó toda su infancia en Nueva York, en las cercanías a Central Park. Mi madre era profesora de educación física y fisioterapeuta. Mi padre, tenía un negocio de diseño de materiales de papelería. Nada del otro mundo. Pero a Adam, mi padre, le contrataron para diseñar un juego de carpetas y libretas de una serie de manga en Kyoto. Fue sensato, no nos llevó con él. Mi madre habla y hablaba todos los días con él. Mi madre se llamaba Alice. Era bastante guapa. Era rubia, pero oscura de piel. Alta, con cuerpo de jugadora de voley. Mi padre, Adam, era moreno, pero pálido y de él saqué mi piel que parecía harina. Lo digo por lo suave y por lo blanca. Yo tenía la cabellera rubia de mi madre rizada en un pelo corto. Tenía los ojos grises. Me llamaban Whitie- blanquito-. Cuando mi padre se fue, yo tenía catorce años y tres años después, mi madre aprobó un curso avanzado de español en la escuela de idiomas. Tras despedirla de su antiguo instituto, donde impartía clases de Salud y Educación física, fue cuando empecé a cambiar. Mi madre, que había trabajado más de quince años en aquel centro, se volvió iracunda. Descuidada. Se dice que de los mayores se aprende. Yo lo hice. Me descuidé, perdí el respeto por los demás. Por lo que me rodeaba. Creció mi ego y a los quince empezó a crecer mi creatividad tanto que pronto tenía "Hijo de alba" en las librerías de Nueva York. Empecé a ganar dinero con aquel bombazo de asesinos vampíricos. Y aumentó mi ego. Entonces, mamá encontró un trabajo en España. Y yo tenía 16 años. Me dijo que iría a trabajar a un instituto de un pueblo grande de Valencia. Un pueblo llamado Buñol. Me fui para allá y dejé mis estudios. Tenía claro dedicarme a escribir. Por entonces "Hijo de alba" tenía una secuela y era conocido ya en España. Y mi ego creció con ello y mis novelas. En un año publiqué dos más. Ya tenía cuatro. El ego, el descuido. Ya todo se había juntado y nada quedaba del guapo, encantador y meticuloso Liam.
Cuando llegamos a Buñol, mamá sacó las llaves de una casa de ladrillo de dos plantas con una piscina, un gran jardín. Un lujo.
Dormiría en la buhardilla. Motivo era que pronto mi padre iba a volver porque terminaría aquel negocio. Viviríamos lejos de la detestable y pestilente Nueva York. Y yo les haría de oro, según sus planes que no pensaba decepcionar. Pero pronto eché de menos el tufo de los coches. Pronto me sumí en la oscuridad al recibir en un periódico una crítica de mi cuarto libro "Luz vespertina". "Pésimo" "Se nota que el autor es un crío". Cosas semejantes escuché yo. Era mayo. Y mamá se apuntó a los scouts por entonces. Pero a mi no me gustaban. No me gustaba la naturaleza. Nada de nada. Sucedió un catorce de mayo cuando la naturaleza conoció mi odio hacia ella. Mi adoración a Nueva York .Neones, coches y luz. Y probablemente, fue uno de sus pretextos para odiarme, para castigarme. Aunque, mi descuido fue otra de esas causas. Mi ego, mi falta de nobleza ante una mala crítica recibida por la sección de un periódico de sábados. Me enfurecí. Y no supe escribir nada bueno desde ese día.
Viendo mi madre mi falta de inspiración decidió que la acompañaría a una ruta que realizaría con el grupo Scout. Destino, Mijares.
Maldije mi mala suerte.

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